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Y desapareces
sin dejar rastro, sin dejar contacto.
Desapareces y yo tengo que soportar tu ausencia porque es lo que hay,
y porque estoy donde estoy porque yo misma lo acepto y,
por lo tanto, soy responsable de ello.
Sería tan fácil(mente) difícil decir:
Basta.
Pero no, aquí sigo, pensándote en tus ausencias,
lista para cuando decidas regresar,
dispuesta a darte las buenas noches cuando te plazca
comunicar.
Lo mismo pasa con esos besos, que (me) dije que ya no quería,
porque me apuñalaban el corazón
y me herían el olvido.
Lo mismo pasa pero,
que no me puedo quejar,
porque soy yo la única responsable de recibirlos
cuando tú te decides a dejarte ir
y regalármelos...
Podría decir que no.
Debería.
Pero cómo hacerlo...
si me derrito en cada beso,
si mi piel extraña la tuya cuando hace demasiadas horas que no se tocan,
si mi cuerpo ansía tu contacto, tu cuerpo, tu latir, tu calor,
tu energía pegada a la mía...
Cómo hacerlo si mi sexo te desea,
si me muero por tenerte entre mis piernas,
por estar entre las tuyas,
por erizar tu vello y reseguir con mi lengua
esos pezones de media luna...
Si nuestros cuerpos están hechos para vivir encajados
y nuestras almas están hechas para caminar de lado...
Cómo resistirme a no prestarte mis labios cuando los solicitas...
Y cómo hacer para no atormentarme cuando decides no solicitarlos.
Cómo hacer para sobrevivir en esta cuerda floja...
Aguantaré,
hasta que un pie resbale
o las fuerzas desaparezcan
y me caiga en el vacío del noestar.
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