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Tengo sed de naturaleza.
De ocres, de oros amarillos y marrones anaranjados imposibles de descifrar
que cubren toda la paleta
tiñiendo el paisaje de este otoño tan hermoso
de amaneceres brillantes rosados y
de atardeceres pausados ardientes, rojizos de sol horizontal.
El vaivén de las hojas,
medio secas
medio muertas
medio vivas.
El desapego de ese árbol añoso
que se desprende de su manto
y se prepara solemne y bello
para un invierno en calma.
Qué belleza de paisaje,
qué sed de naturaleza,
de tambores, de cálices, de gemas, de ritos,
de volver a la esencia y (re)descubrir el poder de lo femenino.
Tengo sed de mí.
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