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Estábamos en una cafetería, de un barrio cualquiera de Barcelona, en una hora indefinida de un día que poco importa. Una cafetería especial, eso sí. Y apareció alguien, ése también importa. Un señor de nariz roja, pelo crespo y alborotado, maquillaje cuadros pantalones abombados y mensajes que repartir. Nos robó unas cuántas sonrisas y, lo que es el destino (ése que tú dices que no existe y que yo te diría: "shhhh! Dilo bajito que se va a enfadar"), nos regaló dos simples mensajes.
Dos mensajes que decían verdades como templos, tú las tuyas, yo las mías, como tenía que ser, como siempre es.
Me decían:
"¡Siente!...Luego existes!"
Y no puedo añadir más
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