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Y ahora me iría
a cualquier café de Paris,
sentada en una terraza
de esas
con las sillas mirando la calle
degustando un café noisette
y viendo el glamour pasar.
Sentir la ciudad melancólica y
acompasarme con su cándida frialdad.
Oler el amor, las azoteas llenas de sexo.
Acariciar en mi recuerdo alguna fina piel sin nombre.
Evadirme al fin y al cabo
y encontrame paseando de puntillas
por Montmarte
para no interrumpir
los besos románticos de parejas imaginadas
de
deseos inalcanzados
de amores certeros
de paz, amor, sonrisas y complicidades
encubiertas por una fina lluvia otoñal.
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